miércoles, 20 de octubre de 2010

Zapatos de Caminar

-Estos no son zapatos de caminar, dijo ella, con los pies descalzos en posición de Flor de Loto.

Sus amigos iniciaron una cantaleta para convencerla:
-Anda, vamos.
-No está tan lejos.
-No seas cobarde, replicaron ellos.

-Estos no son zapatos de caminar.

Sigue la cantaleta:
-Te va a hacer bien.
-Está muy cerca.
-No vamos a tardar.

-Estos no son zapatos de caminar.

Ante la insistencia de sus amigos se calzó. Se puso de pie. Intentó mover la pierna derecha hacia adelante. Sin resultado alguno. Ahora la izquierda. Nada. Tomó su pierna con las dos manos y la jaló. Perdió el equilibrio y cayó de boca. Maldiciones.

Se levantó del suelo y se volvió a sentar descalza en la banca.

-Estos no son zapatos de caminar

sábado, 9 de octubre de 2010

Pueblo

-Ya niño, salte del baño. ¡Llevas media hora ahí adentro! ¿Pues qué estás haciendo?

-Pensando.

Ahí se dio cuenta que le estaba copiando a Rulfo. Y cómo no iba a copiarle a Juan Rulfo, sí su pueblo, Hueyula, podía pasar por Comala cualquier mañana antes del café.

Ante la insistencia de su madre para salir del baño, antes de que saliera una culebra y lo mordiera, buscó un nuevo sitio para pensar. Caminando llegó hasta el Cerro del Conejo, un montículo de 2 metros de altura que los pobladores veían cómo el Everest.

Se dejó caer sobre su espalda y se quedó absorto en la contemplación de una sola idea: salir de Hueyula. La sola posibilidad de ver más allá de ese pueblo era suficiente para estimular su imaginación y robarle el aliento.

Lo más lejos que había ido, La Manilla, era visible desde el cerro de dos metros de alto sobre el que estaba. Soñaba con llegar a un lugar más allá de la vista de águila de su madre y de los eternos malestares de su padre. Un lugar donde nadie lo conociera y donde eso no importara.

Cómo había hecho toda su vida, acudió a su abuelo para saber más de ese mundo que había afuera del pueblo. Dicen que los niños se quedan mudos, le dijo su abuelo. ¿Dicen? Inquirió él.

Dicen, porque resultó que al igual que él y que todo el resto del pueblo, su abuelo nunca había ido más allá de La Manilla, con excepción de la vez que el río lo arrastró, pero sólo conoció la orilla en su camino de regreso.

De hecho, no sólo era que nadie hubiera salido y regresado al pueblo, sino que nadie se había ido, ni había llegado gente nueva al pueblo

¿Y por qué nadie se ha ido? preguntó abriendo mucho los ojos, gesto que hacía para provocarle ternura a su abuelo y obligarlo a darle una respuesta. Es que si se van, no encontrarán a quien venderle su casa, contestó el abuelo zanjando el asunto para siempre.