Recientemente una amiga publicaba en twitter que odia el Starbucks. Lo curioso no es sólo que nunca ha ido al Starbucks, sino que ni siquiera le gusta el café.
No decía odiarlo por vender café sin cuerpo o por sus altos precios, pretextos regularmente esgrimidos por sus detractores. Tampoco decía odiarlo por usar café importado ni de Comercio Justo y demás pretextos hippies. Ni siquiera decía odiar a la gente que va a foreverearse y a darse status. Simplemente lo odiaba, sin razón alguna.
Su actitud, además de disgustarme como el fan de Starbucks que soy, me parece infantil y ridicula. Es como esos niños que dicen odiar el brócoli antes de probarlo (por cierto, no me gusta el brócoli).
Así como a ella, siempre me ha costado trabajo entender la postura de aquellos que consideran que decir no u odiar ciertas cosas los engrandece. Llevan la idea de diferir a un nivel superior, como si ese solo acto los intelectualizara, les confiriera poderes especiales.
La llamaría hipster, pero irónicamente los hipsters aman Starbucks (también de manera irónica) así que imagino que ella será algo diferente, de lo que seguro nunca he oído.