El fenómeno de HP es innegable. Provocó que una generación de niños, y algunos adultos, se acercara a un libro. De otro modo probablemente nunca lo hubieran hecho y serían esclavos de la televisión y el internet. Eso, creo, se le debe agradecer a J.K. Rowling.
El problema es la manera de hacerlo. Hace unos años tomé uno de los libros, sin tanto prejuicio en su contra y comencé a leerlo (digo comencé porque nunca lo terminé). No me gustó. Es demasiado gráfico, reduciendo la posibilidad, y la necesidad, de imaginar. Es como un libreto de cine.
Ésta generación que en 1997 eran niños, son los adolescentes que leen la saga de Crepúsculo. Admito que no he leído estos libros, pero por lo que se es el mismo tipo de "literatura". Y si siguen así, pasarán a leer a Paulo Coehlo, que ubico en la misma categoría.
Y la verdad lo siento mucho. Siento mucho que esta generación desconozca a los Hermanos Grimm (salvo por Disney o Shrek), a Hans Christian Andersen, a Antoine de Saint-Exúpery o a Oscar Wilde. Temo que esa generación crezca sin imaginación, acostumbrada a no tener que pensar y que el concepto se lo entreguen en directo.
Uno de los libros que recuerdo con más cariño es Los Titanes de la Literatura Infantil, una edición un tanto creepy que me regaló una tía y que leía todo el tiempo. Ese libro le patea el trasero a HP una y cien veces. El día de hoy, mi libro favorito es El Principito. Recuerdo la fascinación con que leí Alicia a través del Espejo en la Biblioteca del Rincón.
El día de hoy, aunque he perdido un poco la costumbre, me considero un lector. Por lo menos superior al promedio (llevo más de medio libro al año). Leer un buen libro es una experiencia vivificante, y espero que así siga siendo en el futuro, para mí, para mis hijos y para los hijos de mis hijos.